sábado, 25 de febrero de 2012

Más irascible, menos racional

Las complejas conexiones neuronales que se han ido desarrollando en nuestro cerebro así como los cambios que ha sufrido nuestro complejo sistema nervioso a lo largo de la evolución de nuestra especie, nos han terminado encumbrando como el colectivo con una capacidad marcadamente superior (quizá en esta afirmación un biólogo discreparía) para colonizar el medio y dominarlo, supliendo gracias a la explotación del mismo muchas de las carencias que nuestra limitada anatomía nos imponía en tiempos ancestrales. Esta asombrosa capacidad para crear, relacionar ideas y darles una aplicación práctica, útil para solucionar los problemas propios de quién trata de vivir y sobre todo, de sobrevivir en un ambiente a veces hostil, hizo que el pensamiento humano (recogido sistemáticamente en una disciplina por todos conocida: la filosofía) se centrase en nuestro propio intelecto (lo que es conocido como el antropocentrismo humano), el de una especie un tanto ególatra, asentando la base de esta diferenciación y hegemonía del homo sapiens respecto a las demás (vuelvo a reiterar que en términos biológicos esto no es del todo cierto), en la extraordinaria capacidad de raciocinio que tenemos, una peculiaridad llevada en nuestro caso al grado más alto, que nos ha permitido encumbrarnos y creernos con la incuestionable autoridad para mirar por el encima del hombre a nuestros vecinos aquí en el planeta Tierra y en ocasiones, para mostrarnos presuntuosos ante todo el desconocido Universo (véase teocentrismo antropocéntrico de los griegos antiguos como Ptomlomeo).



A pesar de todo lo mentado, aunque entrando ya en terreno especulatorio y subjetivo, considero a título personal, que de manera análoga al grito de muchos escritores románticos, como Victor Hugo, Lord Byron o el mismo Bécker, no es la racionalidad la característica más distintiva del ser humano. Cierto es que todos, en mayor o menor grado (no hay dos cerebros iguales) podemos argumentar, ponderar opciones cuando hemos de tomar una decisión -teniendo la capacidad de anticipar consecuencias a través de hilo lógicos de pensamiento- o incluso sabemos movernos en lenguajes simbólicos, como las matemáticas, que nos facilitan la explicación de fenómenos conocidos y complejos… Es increíble que seamos capaces de hacer todo esto y mucho más, pero reconozcamos que nuestra taxa de falibilidad cuando realizamos tales actividades es muy alta. De hecho, esta lógica y esta inteligencia de la que alardeamos nos han permitido reproducir dispositivos mecánicos capaces de realizar ciertas tareas racionales de manera muchísimo más eficaz que nuestro cerebro; no obstante, lo que jamás nadie ha conseguido reproducir, lo que verdaderamente es el sello de nuestra humanidad, de nuestra naturaleza animal, sin duda a mi entender, es la capacidad para magnificar emociones, para mostrar empatía, para llorar no ante un dolor físico, sino sentimental, para almacenar escenas en nuestra memoria y relacionarlas con emociones al reproducirlas en nuestro cerebro, la capacidad para preguntarnos los porqués de cada paso que damos, en lugar de avanzar sin mirar atrás.




Es nuestra inteligencia emocional y existencial el sello de identidad de la humanidad.

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