sábado, 25 de febrero de 2012

La voz de los juncos



Soy el manto que abunda en la frontera entre dos ríos, entre dos sinuosas lenguas de agua que se escurren paralelas a través de los lomos de nuestra tierra. Uno nace en lo alto de las glaseadas cumbres, el otro brota ardiendo de las entrañas de las rocas.

Inicié esta vida anclando mis pequeñas raíces a las orillas del río helado, y al crecer quise poseer sus ingratas aguas; éste prometió regarme por siempre con sus suaves caricias de nieve a cambio de aferrarse a la vida y a las sombras que yo le daba. Mas eso pronto cambió.

Sucedió una noche que el arroyo vislumbró su reflejo en el caudal parejo, escuchó otras aguas sonar a la par. Y desde entonces, sus abrazos de ribera se me clavan como astillas en el tallo, tras ver cómo mientras yo jamás podré sumergirme en sus aguas, pues mi condena solo verle desde la orilla es, él de día acompasa su sinfonía con la de la amiga, y de noche sueña con ver el reflejo de un mismo astro en las satinadas espaldas de ambos. Y su carrera no cesa, y por más que intento tupir el camino con mis telarañas doradas, su destino no cambia: es acabar en el mar, en el mar los dos, lejos él de mí, con ella, fundiéndose en un infinito océano a través de un espumoso beso, un broche de hielo y fuego que le hará olvidarme, una línea trazada con la tiza de un niño que las aguas engullirán para convertirse en una única y sola pieza, que siempre albergó ese sino y para la cual solo fui una piedra en su fluir.

Pero yo maldigo ese destino y deseo que si el de corrientes de acero ha de huir, que muera antes de tal final, que las llamas de rey Sol lo sequen por siempre, para poder agonizar juntos los dos en su inerte lecho, y morir, morir lejos de ella, que marche sola a las oscuras aguas, porqué este cauce es mío, ha de serlo, mío.

En blanco


El blanco es el color que vemos cuando no se hallan separadas según su longitud de onda las diferentes radiaciones de energía que configuran el espectro visible para el ojo humano. Este fenómeno tan sencillo ha dado pie a la asociación de los diferentes colores con significados distintos, y es que algo de cierto hay en que cada radiación produce un efecto diferente es nuestro cerebro, órgano capaz de reconocerlos y distinguir la información transmitida por el nervio óptico; está el verde esperanza, el azul que es calma y armonía, el rojo que representa fuerza y pasión, y luego vienen el todo y la nada, el yin y el yan, el blanco y el negro... éste que nos trae imágenes de oscuridad, de languidez, de seriedad, de duelo... y aquél, el color de la pureza, de la pulcritud, de la nada... aunque el último punto sea una interesante paradoja humana puesto que de hecho la nada espacial debe ser más bien negra a pesar de que nuestro cerebro en muchas ocasiones asocie este vacío con la nada creativa, es decir, con páginas y lienzos "en blanco", desnudos y carentes de entes creados.


Pero no todo es aplicable a la materia, las seres vivos también podemos convertir nuestra existencia en una transitoria nada, en un indefinido "espacio en blanco"... Todo esto ocurre cuando el ajetreo nos desorienta y nos dejamos llevar, dando tumbos como si de un navío se tratase, con los sentidos omnibulados y adormecidos sin llegar a ser nunca plenamente conscientes del ambiente que nos envuelve diariamente ni mucho menos, de su significado. El buen tiempo y las lluvias se suceden, el cabello se rinde a la fuerza de la gravedad y los músculos pierden firmeza, pero la mente va a otro ritmo, experimentando un desarrollo que, en ocasiones, se frena bruscamente y se ancla bajo tierra. Otros animales lo tienen más fácil que nosotros, puesto que en nuestro caso resulta muy arduo el vivir naufragando entre las percepciones sensibles y las emocionales, especialmente porqué estás continuamente se cruzan y distorsionan, dificultando la comprensión de cuántos fenómenos físicos, químicos y biológicos tienen lugar a nuestro alrededor. Aunque pueda sonar cenizo, muy probablemente el momento de mayor lucidez es aquél que sucede una pérdida; algo o alguien se aleja físicamente de nosotros, porqué desaparece, se rompe o es sesgada su vida, nuestro cerebro experimenta unos momentos de lucidez tras superar el inicial embriagamiento de una pena descomunal, en los cuales los momentos compartidos alrededor de aquél ser o en aquél lugar cobran finalmente su verdadero sentido: el valor de cada detalle se puede ver con claridad desde la distancia y se puede evaluar su verdadera esencia o su beneficio en relación a nosotros con una objetividad sin precedentes, que en muchas ocasiones es el motivo de las lágrimas derramadas por aquellos que empiezan a ser justos respecto a una situación cuando ésta ya ha concluido y se ha tornado irreversible.

A pesar de todo esto es lo bello de los humanos, el tener que bregar constantemente con la ceguera que provocan nuestras emociones.






Un pasillo con dos puertas

Es muy curioso lo que se deduce si dedicamos un par de segundos a apartarnos del cuitoso devenir de nuestras vidas y analizamos las trayectorias de los humanos más cercanos así como la nuestra propia.



Hace no mucho (en comparación con la edad del planeta en el que habitamos) hubo un tiempo, en el que nuestra sistematización del conocimiento no era demasiado grande y por ello las personas basaban su vida en la lógica derivada del empirismo, de conceptos a simple vista tan obvios como la causalidad que a su vez-siglos más tarde- serían tan cuestionados. Era entonces, cuando nuestra naturaleza animal se hallaba en estado más puro, cuando uno utilizaba su privilegiado intelecto para observar la naturaleza y establecer relaciones lógicas que nos pudiesen dotar de la suficiente habilidad cómo para sobrevivir; las cosas no eran blancas o negras, o sí lo eran cuando tocaba no adornar la simpleza extrema de los conceptos cotidianos... Una persona podía ser artista, cazador y hasta político (líder de masas) porqué nadie imponía barreras al ingenio ante el desconocimiento de unos límites bien definidos que marcasen la frontera entre las disciplinas que comenzaban a intuirse.




Por desgracia o por fortuna, con el paso de los siglos y milenios y debido a la loable curiosidad humana y a su no tan admirable obsesión por acumular explicaciones y datos relacionados con cada fenómeno descubierto, aparecieron el método, el sistema, la definición y la etiqueta, y uno ya nunca más pudo salirse fácilmente de las normas, ni pudo tomar por B lo que se definía como A en el diccionario, ni considerarse artista si otros congéneres más viejos, que lo eran ya reconocidamente, decidían que tus creaciones merecían esa consideración; los frenéticos cambios del entorno natural se empezaron a ver ralentizados por la rígida mollera de los colectivos humanos. Por eso ahora, justo cuando conocemos más caminos por recorrer que antaño, los senderos aparecen estrictamente delimitados con zanjas metálicas y las opciones de rodeo ya no son contempladas. Sin éxamenes, pruebas, valoraciones y documentos costosos de conseguir, las audaces opiniones de alguien en cualquier terreno serán lanzadas al viento porque, si no sabes hacer lo que dicta el manual, estás sentenciado a ser tenido por inútil en la materia.





La variedad ha acabado empujándonos a que cada decisión sea forzosamente un pasillo con dos puertas de escape, por las que, debido a leyes físicas que no se escapan a nuestro entendimiento, nunca podremos salir a la vez. Mi propuesta es... ¿y si no renunciamos a ninguna? ¿Y si huimos por la escotilla?

Más irascible, menos racional

Las complejas conexiones neuronales que se han ido desarrollando en nuestro cerebro así como los cambios que ha sufrido nuestro complejo sistema nervioso a lo largo de la evolución de nuestra especie, nos han terminado encumbrando como el colectivo con una capacidad marcadamente superior (quizá en esta afirmación un biólogo discreparía) para colonizar el medio y dominarlo, supliendo gracias a la explotación del mismo muchas de las carencias que nuestra limitada anatomía nos imponía en tiempos ancestrales. Esta asombrosa capacidad para crear, relacionar ideas y darles una aplicación práctica, útil para solucionar los problemas propios de quién trata de vivir y sobre todo, de sobrevivir en un ambiente a veces hostil, hizo que el pensamiento humano (recogido sistemáticamente en una disciplina por todos conocida: la filosofía) se centrase en nuestro propio intelecto (lo que es conocido como el antropocentrismo humano), el de una especie un tanto ególatra, asentando la base de esta diferenciación y hegemonía del homo sapiens respecto a las demás (vuelvo a reiterar que en términos biológicos esto no es del todo cierto), en la extraordinaria capacidad de raciocinio que tenemos, una peculiaridad llevada en nuestro caso al grado más alto, que nos ha permitido encumbrarnos y creernos con la incuestionable autoridad para mirar por el encima del hombre a nuestros vecinos aquí en el planeta Tierra y en ocasiones, para mostrarnos presuntuosos ante todo el desconocido Universo (véase teocentrismo antropocéntrico de los griegos antiguos como Ptomlomeo).



A pesar de todo lo mentado, aunque entrando ya en terreno especulatorio y subjetivo, considero a título personal, que de manera análoga al grito de muchos escritores románticos, como Victor Hugo, Lord Byron o el mismo Bécker, no es la racionalidad la característica más distintiva del ser humano. Cierto es que todos, en mayor o menor grado (no hay dos cerebros iguales) podemos argumentar, ponderar opciones cuando hemos de tomar una decisión -teniendo la capacidad de anticipar consecuencias a través de hilo lógicos de pensamiento- o incluso sabemos movernos en lenguajes simbólicos, como las matemáticas, que nos facilitan la explicación de fenómenos conocidos y complejos… Es increíble que seamos capaces de hacer todo esto y mucho más, pero reconozcamos que nuestra taxa de falibilidad cuando realizamos tales actividades es muy alta. De hecho, esta lógica y esta inteligencia de la que alardeamos nos han permitido reproducir dispositivos mecánicos capaces de realizar ciertas tareas racionales de manera muchísimo más eficaz que nuestro cerebro; no obstante, lo que jamás nadie ha conseguido reproducir, lo que verdaderamente es el sello de nuestra humanidad, de nuestra naturaleza animal, sin duda a mi entender, es la capacidad para magnificar emociones, para mostrar empatía, para llorar no ante un dolor físico, sino sentimental, para almacenar escenas en nuestra memoria y relacionarlas con emociones al reproducirlas en nuestro cerebro, la capacidad para preguntarnos los porqués de cada paso que damos, en lugar de avanzar sin mirar atrás.




Es nuestra inteligencia emocional y existencial el sello de identidad de la humanidad.