Soy el manto que abunda en la frontera entre dos ríos, entre dos
sinuosas lenguas de agua que se escurren paralelas a través de los lomos de
nuestra tierra. Uno nace en lo alto de las glaseadas cumbres, el otro brota
ardiendo de las entrañas de las rocas.
Inicié esta vida anclando mis pequeñas raíces a las orillas del río
helado, y al crecer quise poseer sus ingratas aguas; éste prometió regarme por
siempre con sus suaves caricias de nieve a cambio de aferrarse a la vida y a las
sombras que yo le daba. Mas eso pronto cambió.
Sucedió una noche que el arroyo vislumbró su reflejo en el caudal
parejo, escuchó otras aguas sonar a la par. Y desde entonces, sus abrazos de
ribera se me clavan como astillas en el tallo, tras ver cómo mientras yo jamás
podré sumergirme en sus aguas, pues mi condena solo verle desde la orilla es,
él de día acompasa su sinfonía con la de la amiga, y de noche sueña con ver el
reflejo de un mismo astro en las satinadas espaldas de ambos. Y su carrera no
cesa, y por más que intento tupir el camino con mis telarañas doradas, su
destino no cambia: es acabar en el mar, en el mar los dos, lejos él de mí, con
ella, fundiéndose en un infinito océano a través de un espumoso beso, un broche
de hielo y fuego que le hará olvidarme, una línea trazada con la tiza de un
niño que las aguas engullirán para convertirse en una única y sola pieza, que
siempre albergó ese sino y para la cual solo fui una piedra en su fluir.
Pero yo maldigo ese destino y deseo que si el de corrientes de acero ha
de huir, que muera antes de tal final, que las llamas de rey Sol lo sequen por
siempre, para poder agonizar juntos los dos en su inerte lecho, y morir, morir
lejos de ella, que marche sola a las oscuras aguas, porqué este cauce es mío,
ha de serlo, mío.

Menos mal que me explicaste el mensaje. Sino me hubiera quedado a cuadros. :)
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