Viento. Hoy sopla fuerte el
viento. Silba en remolinos derribando muros, arrastrando hojas viejas, que ya no tienen
fuerzas para aferrarse a su rama, arrancando los brotes jóvenes que traían la
promesa de una nueva flor. El viento golpea los pilares que sostenían silentes
castillos en lo alto de las mesetas, cabalga borrando las huellas de una
ilusión de arena.
Miro por la ventana y el día
está en calma, el cielo claro y la tierra girando, y con ella sus nubes, sus aguas
y el tiempo, el tiempo... que es lo único que ni el viento es capaz de arrastrar a su antojo... pero algo me avisa de que yo no giro, estoy condenada a no fluir,
a quedarme pegada en la orilla de un lago cuyas mansas aguas reflejan las
ilusiones asomadas a la ventana de mi alma.
Mis ojos quieren ver el mundo que su pueril espíritu creó para mí, un futuro que nació esperanzador, sin fechas, sin reparar en los días, en la fragilidad, la soledad, sin muerte…
pero cuando los abro mejor, ese universo se desvanece entre un manto de lenguas
verdosas y solo queda su superficie cristalina, sin fondo, sin engaños.
Me sumerjo en las aguas buscando
las aventuras que me prometieron los libros, la magia de la que hablaban las leyendas... Confío toparme con lo que esa niña que un día fui daba por sentado, sus tesoros secretos, un amor apasionado e imperecedero, revoluciones, triunfos, ninfas, sus sueños… pero una húmeda oscuridad me encharca por dentro y mi cuerpo desfallece, se doblega sin rastro de esas promesas.
Salgo a la orilla y me siento en su
arcilloso lecho a que los rayos de sol me quemen el corazón con su cálido beso.
Y empieza a silbar el viento, a soplar poderoso, a arrancarlo todo, a arrastrar mis fuerzas, a derribarme… a derribar la fe en unas promesas que nunca serán nada más que reflejos.
