Cuando Septiembre exhale su último suspiro, ya no habrá manera de resistirse a pronunciar la temida despedida, el adiós al olor salino y alegre del verano, el adiós a las gentes que están lejos en nuestro día a día pero que se tornan fieles compañeras en el sueño veraniego, un sueño acunado por luces, música, calor y ...tiempo, sin duda un bien cuya ausencia duele.
Y salgo a la calle y veo como los colores intensos y los floripondios son arrastrados por una marea de colores silenciosos, discretos, sobrios, fríos... pero el Otoño no es frío, sinó todo lo contrario; ¿acaso existe algo más cálido que un abrazo otoñal? ¿Quién podría enternecerse ante un sudoroso lazo de pieles mojadas por las olas, cegados bajo un sol de justicia? En cambio, la brisa otoñal prepara alfombras de hojarasca, pasillos que crujen cuando botas los recorren con paso torpe para llegar a unos brazos forrados con capas y capas de tela: lanas, algodones, terciopleos... acompañados de gorros y pañuelos, ropas que se enredan y envuelven las almas de los que se buscan, y se encuentran.
Y el mar, seguirá estando ahí aunque el cielo se tiña de malva y el viento borre las huellas de las coloridas sombrillas que bordearon sus orillas meses atrás. Y en esta época del año sus atardeceres se vuelven tan amables... tan sinceros y reconfortantes, ofreciendo la fusión del silencioso beso de unas negras aguas con el de las pasiones de las nubes rojas que van a morir con el día en sus márgenes; por eso este es el mes ideal para abrir los ojos y dar un paso hacia la sombra de lo que queremos ser, hacia la vida que queremos vivir mientras sigamos aquí, vivos para contemplar los atardeceres de Septiembre, que cada año nos acercan a las manos que necesitamos alcanzar y no soltar.
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